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22/4/10

Volvernos a encontrar IV


Es una captura de este video publicitario:




Yo la seguí abriéndosela. No sabía si ir con ella o no, pero ir con ella sería un riesgo. Realmente no quería perderme ni un segundo de la vida de mi hijo. Quería controlar todo lo que sucedía entorno a él.

-Llámame cuando salgas del hospital y cuando tengas los análisis de todas las pruebas.-dije apoyado en el marco de la puerta y ella tan sólo asintió.

Al cerrar la puerta me quedé con la espalda pegada en la madera. Me percaté entonces que seguía en toalla y no me había puesto ni los boxer, no era un aspecto muy firme ante alguien que decía haberte querido al menos en la cama. Pero no me importó nada más, creo que porque sabía que Olivier volvía a la ciudad.

Entonces algo en mi mente se iluminó, una pequeña bombilla que hacía mucho que parecía fundida. Él había dicho que deseaba conocer la piscina del club, darse unos baños y relajarse. Así que fui corriendo hacia la agenda del club y miré a qué hora se abría la piscina cubierta. Sonreí con cierta malicia al cerrar la agenda y tomar el móvil.

-Te voy a ver en traje de baño, tal vez en uno de esos ajustados si tengo suerte.-dije buscando su número de teléfono, si bien tuvo suerte porque recordé la hora que era.-Bueno, no importa. Más tarde te convenceré pequeña zanahoria y veré qué ocultas a mis ojos.

Empecé a imaginármelo prácticamente desnudo pidiéndome la toalla, pegado a mí en el agua y también porqué no en las duchas. Empecé porque no pude seguir, noté como me salía algo viscoso de la nariz. Me palpé y noté que era sangre. Había tenido una maldita hemorragia nasal, pero eso era lo mínimo para lo que ocurría bajo la toalla.

Corrí hacia el lavabo intentando limpiar mi nariz para poder tamponarla. Con lo otro fue fácil. Tan sólo tuve que bajar la excitación de la forma tradicional. No podía ir y pedirle que hiciéramos lo de la noche anterior, tampoco era conveniente aparecer sin más y sin saber si realmente estaba en casa. No quería que pensara que era un depravado sexual, aunque si le traducían mis canciones podía pensar que incluso era ninfómano.

Después de limpiarme, duchándome de nuevo, fui a la cama y puse el despertador a las doce. Tenía que llamarlo para decirle que le invitaba a tomar algo en el restaurante del club y a un chapuzón rápido. Además era entorno a esa hora cuando se despertaba, era una buena hora.

Cuando escuché el timbre del despertador estuve por tirarlo contra el piso, pero recordé el porqué lo puse y a quién tenía que llamar. Nada más recordarlo junior empezó su fiesta privada de nuevo. Me encogí en la cama e intenté pensar en algo poco erótico, pero siempre terminaba transformándose en Olivier en traje de baño.

Marqué su teléfono rezando prácticamente. Quería que aceptara la llamada de una vez. Lo intenté tres veces y cuando escuché su voz medio adormilada suspiré. No estaba molesto conmigo, aunque no tenía porqué estarlo.

-¿Sí?-murmuró.

-¡Oly! ¡He tenido una idea!-dije eufórico.

-¿Hizaki? ¿Desde cuando tú y tener ideas es una conjunción de palabras lógicas? Tú no tienes ideas, tú tienes desastres.-gimió en al cama estirándose y yo simplemente seguí con mis nulos intentos de no imaginarlo desnudo.

-¡No digas eso! ¿Quieres venir a comer algo al restaurante del club? Además podemos ir antes a la piscina, así te despejas un rato de tanto patrón y medida.-comenté intentando parecer tener una propuesta tentadora.

-Si no te conociera bien pensaría que eres muy dulce, pero pareces demasiado interesado.-murmuró.-¿Qué tramas?

-No tramo nada.-en realidad sí tramaba, verlo en traje de baño a lo sirenita.

-Entonces de acuerdo, pasa por mí dentro de una hora.-colgó después de decir eso y yo me quedé quieto en la cama unos segundos.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Oh joder! ¡Sí!-grité poniéndome de pie saltando en el colchón que milagrosamente soportó, junto al somier, mis brincos de niño pequeño.-Lo he conseguido, ahora no puedes escaparte.

21/4/10

Volvernos a encontrar III


-¿Te va la vida en ello? ¿Eres mi pareja para que eso te preocupe? ¿Tú eres la madre de mi hijo? No, a todo es no.-dije mirándola fijamente.-¿Por qué te interesa tanto mi vida? ¿Te puedo preguntar yo por la tuya?-la chica se quedó atónita.-¿Cual es tu condición sexual? ¿Te gusta ser pasiva o activa en la cama? ¿Es cierto que te has follado al cámara? ¿Es cierto que le eres infiel a tu novio de toda la vida con su hermana? ¿Estás embarazada? ¿Abortaste alguna vez? Responde.-la chica sólo se echó a llorar porque algo de todo aquello le afectó.-A nadie le gusta que mientan sobre su vida, que urgen en ella.-susurré bastante sereno.-Dejen de estar aquí en mi puerta si no es para preguntarme cuales son mis nuevos proyectos.-una nueva lluvia de flash cayó sobre mí.

Nada más entrar en mi piso me desnudé, desconecté los teléfonos, y me metí en la bañera. Esta vez necesitaba quedarme ahí metido un buen rato. A pesar que era estrecha me hacía el apaño. Había tomado esa costumbre de mi madre. Ella siempre decía que para relajarse lo mejor era un baño con esencias. Desde que puse en práctica su consejo no he podido dejar de hacerlo, porque realmente funciona. Claro que yo no pongo velas aromáticas, ni enciendo incienso y mucho menos pongo música relajante tomando una copa de vino. Yo soy más simple. Me conformo con tener sales con aroma a mar y que el agua esté tibia.

Pasé una hora en la bañera. Una hora intensa. Dejé mi mente en blanco y me dediqué sólo a clavar mis ojos en el techo. Fuera aún seguían los fotógrafos. Sabían que Olivier vivía cerca, también que regresaría. No sabía si mi padre pondría manos en el asunto o me haría pagar una lección muy cara. Si bien, al salir de la ducha me fijé que la policía despejaba la zona. Decían que obstruían el tráfico e invadían la propiedad privada. Yo observaba todo sorbiendo una taza de té de albaricoques recién hecho.

-Que os jodan.-murmuré bajo para ir hacia el sofá y tirarme a lo largo.

Puse una película algo antigua. Era un canal que sólo emitían clásicos. Todas eran en blanco y negro o al menos de antes de los ochenta. Me divertía ver ese tipo de cine, era un cine más creativo aunque con menos medios.

La película era El Gabinete del Doctor Caligari, una joya de los años veinte del cine mudo expresionista alemán. El doctor inducía a su victima en un estado inconsciente para que cometiera crímenes atroces, era una reflexión sobre lo que hacía el Estado con el pueblo. Sus decorados parecen amedrentar al espectador, pero para mí es simplemente arte en todos los sentidos. Fue algo que me alegró el día, además después emitieron Luces de la Ciudad de Charles Chaplin. Podría considerarse una historia de amor sin más, pero más bien de superación y deseo. Cuando me di cuenta la hora del almuerzo se había pasado.

Pedí una pizza y unos refrescos, no quería cocinar pero tampoco quería salir. Sabía que hurgarían mi basura, el restaurante donde me sirvieran cualquier cosa y sobretodo después analizarían mis hábitos alimenticios. Si querían saber lo que comía que hablaran con el pizzero.

Cuando llegó la pizza tuve que mirar varias veces por la mirilla, aún seguía con el presentimiento que ellos seguían por aquí. Pagué en efectivo y le di propina, después me tiré de nuevo en el sofá. Seguía en toalla y no me vestiría en todo el día. Acabé por quitármela y caminar desnudo por la casa. Iba de un lado a otro con mi libreta anotando ideas para la novela. Quería mejorarla, mejorar el detalle del mundo que había creado y terminarla de alguna forma que se pareciera a la realidad.

Nada más caer el sol empecé a elaborar la trama. Mejoré muchas, al menos así lo vi, y luego decidí echarme a dormir hasta la mañana siguiente. Él llegaría, estaría a mi lado y todo lo que había sucedido se arreglaría. Estábamos acercándonos y de alguna forma quería quedarme bien pegado a él para siempre.

Serían las siete de la mañana cuando me preparaba un café. Necesitaba estar despierto un par de horas más, para luego dormir todo el día hasta la tarde. Mientras me servía una buena taza escuché el timbre de mi puerta. Dejé la taza en la encimera y fui hacia la puerta. Me preguntaba quién podía ser a esas horas, pensé en Paulo de inmediato. Sin embargo al mirar por la mirilla la vi a ella.

-¿Qué haces aquí?-pregunté.

-Vengo a que me mires a los ojos y veas en ellos que soy inocente. Jamás permitiría que mi identidad surgiera a la luz. Tendré al pequeño como acordamos, no quiero nada tuyo y menos esto que cargo.-decía aquello como si fuera un quiste en vez de nuestro hijo, una mera transacción.-Quiero casarme con mi novio y esto haría que me dejara.

-¿Tienes la conciencia tan revuelta que has tenido que venir a estas horas a mi casa?-interrogué molesto. No creía nada de lo que decía, ya había conocido en otras ocasiones sus mentiras.

-Hizaki sé que no he sido del todo sincera.-murmuró tomándome de las manos y las puso sobre su vientre.-Él es tuyo, por mucho que me duela que no sea de mi futuro esposo. Yo te quise Hizaki, eras mi mejor amigo y me dejé llevar. No me arrepiento del todo de ese día porque tengo algo para ti, algo que sé que te hace sentir orgulloso. Es algo que no dañaría ni usaría en tu contra.-no sabía que creer, sin embargo estaba reacio a creerme cualquier cosa de esa mujer.

-Anne ¿cómo saben que voy a ser padre entonces?-dije apartando mis manos de su vientre, pero ella volvió a colocarlas.

-Creo que es hora de ser sincera.-murmuró.-¿Puedes dejarme entrar?-susurró.-Por favor.

-De acuerdo.-me aparté de la puerta y le di vía libre para que entrara.-Siéntate en el sofá.

-Gracias Hizaki.-dijo antes de ir directa hacia el salón para tomar asiento.

Al cerrar la puerta vinieron todas las imágenes que intenté contener todo aquel tiempo. Ella y yo. Nuestra amistad pasó por mi mente como si fuera un film barato de sobremesa, esas películas estúpidas basadas en hechos reales. La conocí como camarera, después fuimos teniendo una leve amistad y por último esa tarde. Aún podía sentir sus pechos entre mis labios, escuchar su respiración agitada como sus gemidos, y ese calor que emanaba de entre sus piernas. Ese maravilloso, y desafortunado momento, en el que engendramos a nuestro hijo.

-Dime.-dije sentándome junto a ella.

-Estaba confusa aquella tarde.-murmuró.-Quería tenerte a mi lado, tenerte para mí, y a la vez no deseaba dejar a mi novio. No sabía a quién amar.

-Claro, la víctima.-mascullé en un tono desagradable.

-No, la víctima es él.-dijo acariciando su vientre.-Pero sé que serás un buen padre.

-Es mío.-dije de forma seria.-Me llego a enterar que te vas con mi hijo y lo cría otro y te juro que terminaría en prisión, porque sé que no me controlaría. No quiero responsabilidades, no me gustan, pero eso que llevas ahí es mío.

-Lo sé Hizaki.-susurró.-Por eso jamás te dañaría, tú vas a cuidar de alguien que también me importa. Sin embargo, soy egoísta y quiero lo mejor para mí. Lo mejor para mí no está con él, no está aquí, está en Japón esperándome.

-Eres una inmadura.-murmuré.-¿Eso es todo lo que tenías que decirme?

-Eso y que en una hora y media tengo cita en el hospital.-dijo levantándose.-Voy a realizarme una eco de control y algunos análisis. Todo es para tener controlado el embarazo, ya sabes que es necesario tener vigilado como está el feto.-musitó con la mirada baja.-¿Realmente ahora estás con ese hombre?

-¿Te importa? Creo que no es tu vida.-me levanté quedando frente a ella.

-Jamás pensé que te gustaran los hombres.-se giró y se marchó hacia la puerta.

Yo la seguí abriéndosela. No sabía si ir con ella o no, pero ir con ella sería un riesgo. Realmente no quería perderme ni un segundo de la vida de mi hijo. Quería controlar todo lo que sucedía entorno a él.

-Llámame cuando salgas del hospital y cuando tengas los análisis de todas las pruebas.-dije apoyado en el marco de la puerta y ella tan sólo asintió.

15/8/09

Marimacho a la vista XIII


La semana fue tortuosa. Los ensayos para la obra del Tenorio, el gimnasio, los exámenes y sobretodo Yue. Él pedía que estuviera pendiente a él durante todo el tiempo que fuera posible. Se pasaba el día entero pegado a mí, sobretodo en la hora del almuerzo. Siempre me pedía que fuera a comer a su casa, allí sus hermanos me miraban de forma inquisidora. Eran mis amigos, pero era su hermano pequeño y ambos no veían bien que yo jugara al don Juan con él. Él lo había contado todo a su familia, su madre intentaba ser discreta con mi madre y su padre igualmente con el mío. Ellos deseaban que yo tomara mis decisiones de hacerlo público o no.

-Hizaki.-dijo Aniel en uno de esos almuerzos, siempre permanecía callada observándome.

-¿Sí?-interrogué mientras comenzaba a tomar las natillas que había preparado Yue.

-Si haces daño a mi hermano te saco los higadillos por la boca.-tragué saliva cuando dijo aquello.-Y no sólo los higadillos.

-¡Ani!-gritó Yue prácticamente de inmediato.-No le digas eso a mi chico, no seas cruel con él.-recostó su cabeza sobre mis hombros y yo sentí que mi apetito se perdía de nuevo.

-Debo de retirarme.-dije levantándome con un leve gesto de cortesía.-Todo estaba excelente.

-¡Cobarde!-me reprochó ella levantándose indignada.

-Siéntate, no des la comida por favor.-intervino Hiro.-Cada cual hace lo que crea conveniente en su vida, tú harás lo que creas en tu vida.-su voz era muy masculina pero su tono siempre era suave, como si fueran susurros. Parecía no querer desentonar como lo hacíamos los tres en cada momento.

-No te vayas Hizaki.-me miró con aquellos ojos de niño caprichoso.-Si te quedas podemos ir luego a pasear, es viernes, y seguro que podemos ir a escuchar jazz al Pub City.

-Debo de estudiar bien algunas asignaturas.-le di un suave beso en la frente.

-No Hiza.-dijo tirando de mi uniforme.-Anda quédate.-su hermana me fulminaba, ella simplemente me quería lejos de su hermano pequeño.

-Tiene que irse, déjalo.-dijo Hiro sin inmutarse.

-Nos vemos otro día.-tomé mis cosas y me marché de la casa.

De camino a la mía medité seriamente lo que hacía. No lo quería, me forzaba a decirle te amo y me buscaba aunque no deseaba ser encontrado. Las pruebas de paternidad fueron positivas, pero para ir a realizarlas tuve que mentirle a él más que a mi propia madre. Cuando supe el resultado fue como un jarro de agua fría sobre mi cabeza. Rogué mil veces perdón, ella dijo que no importaba porque yo me quedaría con el niño y ella volvería a Japón. No quería saber nada más de mí como pareja, yo tampoco, y mucho menos como amigos, eso estaba claro. Me puse en contacto con una abogada cercana a la familia, más próxima a mí que a la familia. Tuvimos algo, pero todo se paró antes de que su marido se enterara. Ella redactó todos los papeles donde dejaba claramente estipulado que el niño era mi hijo y que yo sería su único tutor legal.

Al llegar a casa y subir por las escaleras vi aquel mueble, ese donde aún se veía alguna foto de mi padre junto a mí. Me pregunte si sería como él con mis hijos o todo un desastre. Tenía un miedo atroz y el que era mi pareja no parecía maduro para entenderme. Todo lo llevaba en secreto y me sentía como colilla usada. Según la moral y el honor me debería casar con ella, eso haría un buen chico de hace unas décadas. Si bien, yo no quería estar con esa mujer y ella tampoco conmigo. Para mi fortuna el mundo había cambiado, podría tener a mi hijo y todo iría bien. Aunque no estaba seguro de la reacción de mis padres, mis amigos y de aquel que decía amarme.

Me encerré en mi habitación y me quité la ropa, la dejé tirada por cualquier lugar del cuarto y me metí bajo la regadera. No miré si estaba listo el termo no, simplemente quería agua para aclarar las ideas. Comencé a llorar. Estaba frustrado, todos mis sueños se irían por el sumidero. No quería perder lo que era parte mía, era como si se evaporara algo propio. Además entrañaba riesgos un embarazo tan desarrollado y sabía que esa culpa estaría siempre sobre mis hombros. Pegué mis manos a los azulejos, las palmas bien pegadas, mientras notaba mi cuerpo temblar. El agua corría por mi pecho y mi espalda hasta mis piernas. Empapé mi cara, quería borrar el rastro de las lágrimas y sobretodo de mi estupidez. Iba a ser padre y se hundía mi mundo por completo, me estaban obligando a crecer demasiado rápido. Yo quería seguir siendo un adolescente sin preocupaciones.

Tras mi ducha miré el móvil y tenía varios mensajes de Yue, también uno de mi padre. Me decía que tendríamos un día de motos al fin. Sonreí al ver la fecha, era al día siguiente, y así tendría que decirle a mi pareja que no podría verlo. Aquello fue un regalo, más que un castigo. Para otro supondría tener que dejar de ver a la persona amada, para mí era dejar de ver a mi segundo hermano pequeño al que cuidar y tener que consentir.

Me tumbé en la cama con la toalla en la cintura, estaba con los brazos extendidos y las piernas paralelas. Imitaba quizás el símbolo de Jesús en la cruz, pero no era mi intención. Mis ojos se cerraron, sentía mi cabeza embotada con tanta información recibida y mi estómago revuelto. Vería a mi hermana, la que decían que era mi hermana.

-¿Y cómo eres Marimacho-sama?-dije con una sonrisa en mis labios.-Dijo que eras fuerte como un chico, que eras su vivo retrato de joven y con un estilo algo punk.-suspiré.-Ya no soy el mayor.-me encogí entonces en forma fetal y quedé en silencio.

Pronto comencé a escuchar el sonido de una tormenta. Podía notar la lluvia caer deslizándose por la ciudad como pequeñas serpientes. Las lágrimas de Dios, así las llamó una vez mi Padre. Yo simplemente sentí deseos de salir corriendo y caminar bajo ella. Pero si lo hacía seguramente me vería Yue. Él vivía a pocos metros, podía estar vigilando mi casa y si estudiaba o no.

Me levanté y me puse una camiseta, unos boxer y me asomé a la ventana. El agua chocaba violentamente contra los cristales, demostraba la ferocidad de la madre naturaleza. El olor a tierra mojada comenzó a notarse, creo que tuve que abrir la ventana sólo para olfatearlo en el aire. Necesitaba eso, un poco de libertad y de naturaleza viva. Quería alejarme de las flores de plástico y de los tubos de escape de los coches. Odiaba la ciudad, amaba el campo y el tiempo que estuve con mi padre noté paz en mi alma.

Cerré la ventana antes de pillar un catarro, hacía frío y yo estaba prácticamente desnudo. Me metí en la cama y me tapé la cabeza. Mis cabellos aún estaban húmedos, así que tuve que levantarme para secarlos y volver a estar bajo las cobijas. Amaba el invierno, deseaba que volviera y tan sólo sentía como se aproximaba más y más la primavera.

-¡Hiza!-gritó mi hermano entrando en mi habitación.-¡Truena! ¡Truena!-se metió conmigo en la cama temblando.

-Son truenos ¿y qué?-un relámpago iluminó el cielo, también mi habitación que estaba en penumbra.

-Me dan miedo.-susurró aferrándose a mi camiseta.

-Por favor… ya eres grande para eso.-dije acariciando sus cabellos y su rostro. Noté que había estado llorando, es más aún lo hacía.-Hero no pasará nada, yo estoy aquí.

-Pero papá no.-murmuró y yo lo estreché un poco más. No quería que sintiera el vacío de mi padre, pero supongo que era inevitable.

-Papá está bien, papá ama la lluvia y las tormentas como yo.-besé su frente.

-Papá también huele como tú, tú te pareces a papá.-dijo algo más tranquilo y noté que su respiración agitada se iba normalizando.-Yo no me parezco tanto a él, tampoco me parezco a mamá. No sé a quién me parezco.

-Tú eres la armonía perfecta de un egocéntrico y de una histérica con rostro de hielo.-susurré y él comenzó a reír bajo, hasta que notó otro trueno y se aferró a mí con más fuerza.

-¿Puedo quedarme?-susurró en un balbuceo. La única respuesta que le di fue arroparlo un poco mejor y acariciar sus mejillas.

No paraba de preguntarme si cuidaba bien de él, si alguna vez lo hice mal y si sufrió por ello. Lo mimaba demasiado, sin embargo él se dejaba hacer. No tenía culpa de que me mirara con esos ojos enormes y rasgados, era imposible decirle que no a cualquier cosa que pidiera. Sin embargo, él pocas veces pedía o rogaba por algo material. Era un buen niño, pronto sería adolescente y finalmente un adulto. Odiaba pensar que algún día no me necesitaría y no vendría a pedirme un poco de cariño. Era mi hermano pequeño y por en esos días era lo único que tenía como apoyo real.

Cuando la tormenta acabó él estaba dormido. Yo tan sólo lo dejé en el cuarto bien arropado y fui a por algo de comer. Subí un pequeño bocadillo con crema de avellanas y un batido de vainilla. Lo dejé en la mesilla con una nota, por su despertaba, para que supiera que era para él. Regresé a la cama acostándome a su lado, acariciando sus cabellos y besando nuevamente su frente.

Clara subió y abrió la puerta, ella no dijo nada y se quedó observándome. Después se aproximó a mí y susurró algo que no pude olvidaré nunca. Es espeluznante pensar en esa frase en un momento en el cual tanto la necesitaba oír.

-Serás un buen padre cuando te llegue la hora.-tras eso yo simplemente quedé en silencio mirando a mi hermano y como ella se iba.

1/7/09

De los errores se aprende II


Cuando conseguí conciliar el sueño, tras horas aún encabronado, vino a mi mente aquel chico huidizo de mis sueños. Bailábamos algo pegados, no lograba ver bien su cara, pero he de reconocer que su cuerpo me era atractivo. Sus cabellos largos rozaban mis manos puestas en su espalda, era una sensación atrayente. Un foco nos deslumbraba, no conseguía ver más allá de sus labios. Esos labios que sonreía como cualquier idiota enamorado.

-Hizaki.-la voz de mi hermano entró en el sueño y me despertó.

-¿Quién es Oly?-interrogó confuso.

-Alguien que únicamente conozco en sueños.-murmuré acariciando sus cabellos.-No lo entenderías.

-¿Un amigo imaginario?-preguntó rascando su mejilla.-¿Cómo el que yo tuve un tiempo?

-Algo así.-susurré con una sonrisa leve.

No teníamos que madrugar y sin embargo estábamos despiertos, conversando. Sin embargo, yo estaba en otro lugar distinto e intentaba saber quién era ese chico. Sabía que tenía ciertos sueños premonitorios, aunque hacía años que no tenía uno. Me había olvidado de ese don proveniente de mi abuela, como siempre me había dicho mi padre.

Cuando se levantó corriendo para buscar a Clara y que le hiciera tostadas con crema de chocolate, yo me quedé en la cama pensativo aún. Tenía una sonrisa en los labios a pesar de la mala noche. Busqué el móvil, no sé porqué. Sabía que estaría atestado de mensajes de él, pero entre todos los suyos había uno diferente. Ese mensaje pertenecía a la única mujer que había deseado realmente, Anne. Estuve por borrarlo, pero su daño no era comparable al que había sentido horas atrás. Ella no fue la peor de todos, por lo tanto merecía al menos saber qué quería.

“Tengo que hablar de algo importante, algo crucial en nuestras vidas. Si recurro a ti es porque tienes parte de culpa.”

No sabía que pensar. Al principio creo que reaccioné con una sonora carcajada. Ella ya no formaba parte de mi vida, no había nada crucial para ambos. Pensé que todo era una excusa para verme, para que cayera de nuevo, pero esta vez iba preparado. Sin embargo, luego le di vueltas y creí que podría ser alguna noticia sobre algún conocido mutuo. Me preocupé, aunque también me perturbé con la idea de que fuera algo realmente grave.

Fui directo a la ducha, no reparé en el desayuno, y cuando bajé lo hice para ir directamente al garaje donde estaba mi moto. Me subí a ella y fui hasta su casa, no dejaba de pensar en lo que podía estar pasando. Pensé en un chico que conocíamos, que podía haberle pasado algo y necesitar nuestra ayuda. Cuando aparqué la vi entrando en el portal, llevaba una bolsa de panadería y salí corriendo prácticamente. Me saqué el casco cuando la intercepté y clavé mis ojos en ella.

-¿Qué?-dije en tono seco aunque algo nervioso, se notaba.

-Estoy embarazada y es tuyo, no he estado con nadie más.-aquello me hizo agarrarme al pomo de la entrada al edificio.

-No, no puede ser.-el sueño, el primero de todos, vino a mi mente y temblé.

-Sí, si puede ser.-dijo algo nerviosa, quizás al verme pálido y que mis piernas temblaban.

-¿Estás segura que es mío?-pregunté aún confuso.

-¿Crees que soy una puta? ¿Qué me acuesto con cualquiera? Voy a casarme Hizaki, contigo fue debilidad porque me atraías y porque hacía meses que no veía a mi chico.-suspiró y entrecerró los ojos.-No te preocupes, tan sólo te informo porque pienso abortar.

-No.-dije tajante.-Si es mío yo me haré cargo de él, dámelo a mí. Tú no lo quieres, no lo querrás para que tu novio no sepa que es un cornudo. Pero a mi no me importa cuidarlo, fue un error de ambos… sin embargo, es un error que quiero tener en mis brazos.-ella me miró incrédula y me palpó la frente.

-Estás enfermo o quizás loco.-comentó.-No puedes hacerte cargo de ti mismo, siempre en peleas, y mucho menos de un niño.-la agarré de las muñecas con cierta fuerza.

-Mata a ese niño y te juro que me las arreglaré para hacerte la vida imposible.-sentencié.

-De acuerdo, pero lo cuidarás tú. Yo no pienso hacer nada, tan sólo entregártelo.-me demostró en ese momento lo egoísta y rastrera que era.

-Sí.-dije mirándola fijamente.-Si ese niño es mío, después de una prueba de ADN al feto, se quedará conmigo y tú firmarás un documento donde me delegues custodia del niño en mí.-mis ojos estaban fríos y los de ella también. Era un trato, lo sellamos estrechando nuestras manos y después me giré.

Tenía que pensar, dar un paseo por la ciudad en moto y quizás terminar en el circuito aunque no era la de carreras. Debía tomarme un respiro de la realidad. Acababan de darme una noticia trascendental en mi vida, algo que jamás esperé tener y mucho menos con ella. Anne dijo algo más, pero no escuché. Tan sólo fui hacia la moto y empecé a dar vueltas durante horas.

Yo no podía ser padre, no me veía preparado, pero no quería que ese niño se perdiera. Apretaba los puños de la moto, me mordía el labio inferior e intentaba concentrarme. Terminé en las canchas de basket pidiendo que uno de los presentes me prestara el balón, ellos no estaban usándolo y yo necesitaba desfogarme encestando.

-Anda si es el nene de papá.-dijo un chico con el cabello oscuro, piel de vampiro y ojos de asesino en serie. Uno de tantos de los que se drogaban en un lado de aquellas canchas. Estaba tirado en las gradas, en el lado que hacía sombra, y me miraba directamente.-Bang.-tenía una pistola en sus manos y me apuntaba. Su risa era como la de un villano de ciencia ficción, sonaba como enlatada y fría.

-¿De qué te ríes so gilipollas?-me rebajé a su nivel porque me crispaba los nervios.

-De ti y de tu culo de niño rico.-dijo bajando pesadamente desde las gradas hasta quedar frente a mí.

-Yo seré un niño rico, pero tú apestas.-cuando dije eso me empujó y pensó que me tiraría al suelo, sin embargo simplemente me quedé inmóvil observándolo.

-Dámela.-dijo señalando la chupa que llevaba.

-¿Qué? Ni de broma.-puso la pistola en mi sien tras darle un giro al barrilete del revolver.

-Hay una bala, quizás tienes suerte y no te mato cuando apriete el gatillo.-ese tipo de amenazas me tocaba la moral.

-Quizás te parto las piernas y te golpeo tan duro que ni la zorra de tu madre te reconocerá al regresar a casa.-no sé que tuvo de gracioso aquello, pero explotó en nuevas carcajadas haciéndome recordar al mítico Joker.

-Como no vaya al nicho, la saque y vomite sus gusanos de la boca y cuencas oculares… para decirme ¡Ey Ama!, no te reconozco ¿estás más delgado o más puto?-reía como un maldito bufón, no tenía respeto a su difunta madre.-Aunque seguro que la boca no la tiene llena de gusanos, sino llena del pito de Belcebú.-me escupió en la cara y yo le golpeé en el vientre.

El arma cayó al suelo disparándose y él me miró enrabietado. Sus ojos eran los de un chacal o quizás los de un lobo salvaje. Tal vez se aburría y quería un poco de bronca para animar el ambiente, como si fuera una cantina del salvaje y lejano Oeste. Los puñetazos volaban de un lado a otro, los esquivábamos o bloqueábamos. También, por supuesto, terminaban en nuestros rostros. Las patadas y las llaves se precedían una tras otra. Tan sólo nos separamos cuando escuchamos las sirenas de policía retumbar como locas por las calles cercanas.

Eché a correr hasta mi moto y él simplemente corría como el diablo. Nadie hasta el momento había conseguido igualarme. Sus cabellos largos, su aspecto desaliñado y sus ojos, sobretodo esa mirada de loco perdido en el mundo, me hizo recordar a una vieja fotografía que tenía mi padre guardada en un cajón.

-¡Amaury!-gritó un chico de cabellos rubios y le siguieron otros dos más. Cuatro chicos corriendo como alma que llevaba el diablo. Todos vestidos de forma gótica o a lo rock star sin un céntimo en sus jeans.

Poco después supe quién era cada cual. Amaury William Rose era conocido por sus letras desgarradoras, su aspecto de ángel y su mirada de despiadado asesino en serie. En su boca siempre había una sonrisa estilo Joker y sus uñas largas se aferraban al micro de la banda local. Era el vocalista del grupo Dark City. Los que le siguieron eran el bajo, el guitarra y el batería. Sus nombres Axel Bierk, Jorge Ramírez y Ariel Moriarti aunque todos le conocían como Cerberus. Todos tenían causas pendientes con los juzgados de menores, de una u otra forma, por peleas callejeras y por posesión drogas, aunque no eran cantidades elevadas para ser detenidos por tráfico. Niños perdidos, eso eran, y que creían como héroes locales por su música y talento.

Me estuve informando porque me atrajeron en cierta forma, eran especiales entre los desechos que campaban a sus anchas en ese lugar. Yo no solía ir, iba siempre al club social, si bien me cansé de los niños que se creían dueños de imperios cuando únicamente serían sus herederos. No sabían lo que era la realidad ni el trabajo duro. Esos chicos sí, pero aún así tenía ganas de patear al tal Amaury o Dios Oscuro como solía llamarse.

15/6/09

Se rompió el encanto IX


Sin embargo, ella no estaba. Estuve esperándola dos horas mientras rellenaba las casillas de inglés, hacía test de francés, resolvía logaritmos y terminaba una redacción de Historia del Arte. Era demasiado para mí, ese instituto nos preparaba a conciencia aunque algunos compraban sus notas. Mi padre y mi madre se negaban, no harían eso jamás conmigo aunque todos así lo pensaran. Me costaba sudor y sangre ser el mejor, destacar, y todo porque mi orgullo así lo pedía. Ella no se conectaba y decidí seguir estudiando, haciendo apuntes mejores que los que tenía. Cuando llegó la hora apagué el ordenador y me fui al gimnasio. Allí descargué toda mi furia, quería verla y hablar de iniciar algo. Quería hacerlo formalmente. Comenzar una relación no es sencillo, hay que ir poco a poco. Un paso en falso y todo se podía ir al demonio.

No logré contactar con ella en todo el día, en la noche caí rendido en la cama. Estaba tan agotado mentalmente como físicamente. Había sido un día duro, demasiado duro. Yo únicamente logré enviarle un sms. Le pedía poder verla, quería verla. No quería presionarla, por eso no llamé a su móvil ni fui a su casa. La desesperación no quedaría bien en mi carta de presentación como posible amante. Lo mejor era dejar que ella se aproximara a mí, pero ya me estaba cansando y desesperando a la vez.

Creo que eran las cinco de la mañana cuando comenzó a sonar el móvil. Yo suelo tener un sueño pesado, aunque me despierto por inercia siempre a las mismas horas. Cuando sonó por cuarta vez logré contestar prácticamente dormido.

-¿Sí?-balbuceé.-¿Quién es?-resoplé estirándome en la cama.

-Soy yo, Anne.-aquella simple frase me despertó del todo.

-¿Qué deseas? Es tarde.-miré el despertador y marcaba las seis de la mañana.-Más bien es demasiado temprano.-recalqué.

-No podía dormir, no puedo dormir por culpa de mi conciencia.-pude percibir que lloraba, pero no sabía porqué lo hacía.

-¿Por qué? ¿Sucedió algo? ¿Estás bien?-estaba preocupándome, incluso sentí ira por si alguien se había propuesto dañarla. Me levanté de la cama y azoté mis cabellos, quería despejarme para atenderla bien en su llamada.

-No te dije la verdad, más bien lo oculté todo. Hizaki, yo no soy una mujer libre y todo lo de ayer fue un error.-eso fue un golpe directo a mi estómago, me sentí tan idiota que la rabia me consumía.

-No puede ser, te pregunté mil veces y dijiste que no.-y era cierto, siempre preguntaba si tenía pareja. Me atraía desde el primer momento, pero nunca hice nada. No veía pie de su parte, esa tarde si la hubo y yo caí rendido a sus pies. Pero al final resultó que tenía pareja, amante o lo que fuera.

-Porque me gustabas, porque me atraías, pero amo a otro y estoy por casarme con él en un año. Él no es de aquí, no vive aquí, es de Japón. Por favor, Hizaki no me odies más de lo que yo me odio.-colgué el teléfono y lo tiré a la cama.

-Zorra.-susurré buscando mi ropa deportiva, me la puse y me calcé las deportivas.-Eres una jodida zorra como todas.-repetí colocándome un gorro de lana para evitar la humedad en mi cabeza y me puse una bufanda.

En unos cinco minutos me encontraba corriendo por las calles de la ciudad. Era aún de madrugada, todo oscuro y lo único que iluminaba era las farolas desperdigadas por las aceras. Corría sin importarme nada. No paré hasta llegar al mirador. Eso estaba prácticamente al otro lado de la ciudad, me desfogué de ese modo observando la ciudad despertar y notar como la nieve comenzaba a caer. Danzaba en el aire cayendo sobre los coches, tejados, viandantes y sobre mí. Jadeaba aferrado a la barandilla del lugar y allí rompí a llorar. No me agradaban las mentiras y más cuando lo hacían a sabiendas de que podía dañarme.

-¡Zorra!-grité con toda la rabia que se engendraba en mi alma.-¡Eso es lo que eres! ¡Una puta zorra!-tras ello me arrodillé comenzando a llorar aún más intenso.-¡No me vas a volver a ver desgraciada!-me dejaba las cuerdas vocales en aquella pequeña liberación matutina. Después únicamente me encendí un cigarrillo y le di una buena calada. No solía fumar, pero en momentos como ese lo necesitaba.

Ese día tampoco fui a clases, me pasé el día entero el gimnasio. Hice todo tipo de ejercicio, también hice los típicos que me tocaban a su hora y fui a la piscina tras una buena ducha. Al llegar a casa mi madre puso el grito en el cielo, me amenazó con prohibirme el Aikido y también Internet. No me importaba, todo lo que me decía terminaba rebotando. En ese instante nada me hacía salir de mis ganas de huir de todo lo que había pasado con Anne.

El móvil lo dejé en casa, tenía cincuenta llamadas perdidas. Algunas eran de mi madre y de su asistente, otras de mi padre y unas treinta de ella. También tenía sms y buzón de voz. No lo leí, ni los escuché y ahora tampoco los hubiera leído. No me causaban curiosidad ni necesidad, no quería saber nada de ella.

14/6/09

Se rompió el encanto VIII


Nada más llegar al hall quise correr lejos de él, sin embargo mi orgullo me impedía mostrarle las ganas de no verle. Pasé frente a él como si nada, llevaba la maleta a un lado y mis ojos puestos en un punto fijo. Me estresaba saber que respirábamos el mismo aire. Uno no olvida tan fácilmente, aunque no sea amor seguramente atracción sí había y yo caí por ello. Por simple atracción y pura necesidad uno puede llegar a sentir el infierno bajo sus pies, pero, sin embargo cree estar en el cielo.

-¿Estás más calmado?-preguntó al llegar al garaje.

-A ti no te importa como esté yo, tan sólo eres el chofer.-respondí secamente montándome en el mini que teníamos para ir a la escuela.

Era un mini totalmente negro, papá decía que era lo mejor para aparcar con un toque clásico. El motor era de un vehículo más potente y estaba algo subido, todo para que un día de lluvias intensas no se quedara atrancado en medio de la carretera. El garaje no tenía únicamente ese coche, también el mercedes de mi madre, el familiar que ya no usábamos prácticamente y la limusina. Estaba bajo la casa, se accedía mediante una rampa de acceso colocada a priori. Primeramente era únicamente un sótano, pero mi padre las ingenió para que fuera su pequeño museo. Faltaban seis coches, los deportivos de mi padre. Echaba de menos verlo vestido como un mecánico cualquiera, manchado de grasa, y con los cabellos en la cara. Mi madre siempre decía que amaba más a sus coches que a él mismo. Yo le entendía, un coche no es sólo un vehículo. Si bien, no había únicamente coches, también estaban mis dos motos y la pequeña moto de competición de mi hermano. Estaba iniciándose y mi padre estaba orgulloso de él.

Allí, en ese bendito santuario del motor, Lexter intentó una nueva aproximación. Me agarró de las caderas y pegó su pecho a mi espalda. Su estatura era únicamente unos centímetros mayor a la mía, no era demasiado corpulento y ya lo había lanzado al suelo. No entendía porqué seguía con el deseo de pegarse a mí como una lapa.

-Déjame.-dije tomando sus manos para apartarlas, clavé mis uñas cuando hice eso.

-El gatito tiene ganas de jugar.-susurró.-Pero en esta ocasión yo no soy el ratón, sino tú.-murmuró lamiendo mi cuello.

-Déjame.-me giré apartándolo con la frunciendo la frente.-¿qué parte del déjame no entiendes?-pregunté cuando vi como se echaba sobre mí. Le pateé los testículos e hice que cayera en redondo.-¡Déjame!-grité a pleno pulmón.

-Hijo de puta.-susurró pegándose a mí.-Eres mío ¿me oyes? Mío. No voy a permitir que te vayas de mi lado tan fácilmente.-buscó mis labios y comenzó a besarme. Por un instante cedí, mis hormonas cedieron. Me pegó bien al coche y noté como se iba calentando con un sólo roce de mis labios.-¿Ves como eres mío?-interrogó y yo ahí ya recordé todo. Él besando a mi madre y yo sintiéndome como una mierda.

-¡No lo soy!-dije empujándolo para salir del garaje.-¡Me voy en un taxi hoy!-grité y él me siguió tomándome de la muñeca.

-Te juro que lo que sucede con tu madre no es nada, nada comparado a lo que siento al estar contigo.-eran puras zalamerías, cosas que no sentía y únicamente decía para hacerme sentir especial.

-Quédate con ella, te necesita más que yo, porque por mi parte lo nuestro nunca ocurrió.-me zafé de él y marqué el número del taxi, ya más calmado y en el hall de mi casa.

-Hizaki.-murmuró desconcertado, observando que la presa se le había escapado del todo.

-Buenos días.-dije a la operadora.-Necesito un taxi que esté dentro de cinco minutos en la calle Festividad de Nuestro Señor, número dieciséis. Por favor, ¿puede ser posible?-pregunté deseando que me dijera que sí. Últimamente con la huelga en el transporte del taxi, causado por una subida excesiva del combustible, estaba haciendo intermitente el servicio.

-Por supuesto.-comentó.-Ahora mismo se encaminará para la dirección el número ciento dieciséis.-solían dar el número del taxi, para que no causara confusiones entre pasajeros o que otro tomara el cliente del compañero.

Nada más colgar el teléfono noté que él no estaba, se había marchado y di gracias. No quería verle la cara, escucharle o sentir que me abrazaba. Por segundos estuve a punto de caer. Necesitaba alguien a mi lado, era urgente. Me sentía tan perdido que únicamente veía una solución lógica. Tener pareja me centraría, me haría tener un hombro en el que apoyarme.

El taxi vino como acordado, al llegar al instituto no tenía ánimos de nada. Entré tras la enorme cancela, los chicos todos uniformados en corro conversando cualquier estupidez y los árboles desnudos creaban un ambiente poco agradable para mí. El edificio era prácticamente una casa del terror, miles de pasillos con recodos oscuros a pesar de la luz eléctrica. Los ventanales eran de la misma época que las piedras, al igual que sus cristales y la decoración. Era lóbrego y desquiciante. Sin embargo, dentro de las clases encontrabas lo último en educación e informática. La biblioteca era un gran lujo, volúmenes antiquísimos para que todos pudiéramos acceder a ellos. Un mundo en continuo contraste, pero aún así no me motivaba.

La mañana pasó sin más. Tomé mis apuntes, pedí disculpas a los profesores que debería de haber visto el día anterior y corregí varios ejercicios de francés en la pizarra. Lo normal. Dentro de esa jaula únicamente tenía un amigo, sólo lo veía en los pasillos y en el recreo. Ese día no había ido. La hora de descanso la pasé en la sala de lectura ojeando libros de boxeo. Regresé a casa andando. No estaba demasiado lejos, treinta minutos a pie si tomaba por los pasadizos de algunas calles.

Era y es una ciudad construida cuando los romanos, vuelta a reconstruir con los árabes, remodelada en la época medieval y consolidada en el siglo de las luces. Mi padre cuando llegó estaba algo desasistida. Pero a partir del fomento de sus inversiones en negocios, fábricas y demás negocios se afloró una economía que parecía dormida. Nadie sabe realmente quién ha sido, mi padre todo lo hace a escondidas incluso de mi madre. No desea el mérito, el reconocimiento ni nada que se le parezca. Sus cuentas están secretas bajo seudónimos, pero todas van a otra en Japón gestionada por mi padre y su hermano.

Mi tío se llama Hero, de él aún no había hablado. Sí, mi hermano se llama como él. Es mucho más joven que mi padre, se casó hacía unos meses y la verdad es que mi padre tiene razón. Todos los Sakurai hemos nacido para el arte y los negocios, además de para los deportes y peleas. Somos pasionales, sensibles y también atraemos las buenas inversiones.

Al llegar a casa choqué con mi madre en su nueva salida. Iba con mi hermano de la mano, lo llevaría al dentista y Hero prácticamente rabiaba. Le daban miedo las agujas, también el equipo del dentista y todo lo que tuviera que ver con un hospital. Gritaba y pataleaba, mi madre seguía tan fría como siempre y lo tomó en brazos prácticamente. En la puerta esperaba ese maldito capullo, se subieron y mi hermano me rogaba con la mirada que lo ayudara. Pero, una buena revisión no le iría mal. Era necesario que se cuidara los dientes. La boca, las manos y los ojos son lo que más hablan de nosotros. Si descuidamos nuestras manos, dejamos a un lado el buen aliento y nos ocultamos tras unas gafas gruesas perdemos el encanto.

Nada más subir a mi habitación me conecté a Internet. Deseaba saber si Anne estaba conectada. Quería quedar con ella en unas horas, después de comer y terminar mis ejercicios pero antes de mis clases de Tai Chi Chuan, Kendo, Judo y Muay Thai. Eran ocho horas encerrado en un gimnasio, a veces incluso diez u once. Si tenía un torneo cercano me centraba en una de las diez artes marciales que conocía. Era y soy bueno en todas, pero sobretodo en Aikido. El Aikido es mi favorito, es más bien de defensa y con la defensa haces que el atacante caiga. Toda la fuerza que se oprima contra ti tú puedes enviársela, como si fuera un hermoso regalo envuelto en miles de papeles celofán.

Sin embargo, ella no estaba. Estuve esperándola dos horas mientras rellenaba las casillas de inglés, hacía test de francés, resolvía logaritmos y terminaba una redacción de Historia del Arte. Era demasiado para mí, ese instituto nos preparaba a conciencia aunque algunos compraban sus notas. Mi padre y mi madre se negaban, no harían eso jamás conmigo aunque todos así lo pensaran. Me costaba sudor y sangre ser el mejor, destacar, y todo porque mi orgullo así lo pedía. Ella no se conectaba y decidí seguir estudiando, haciendo apuntes mejores que los que tenía. Cuando llegó la hora apagué el ordenador y me fui al gimnasio. Allí descargué toda mi furia, quería verla y hablar de iniciar algo. Quería hacerlo formalmente. Comenzar una relación no es sencillo, hay que ir poco a poco. Un paso en falso y todo se podía ir al demonio.

10/6/09

Se rompió el encanto VI



Anne Lee era una amiga que estudiaba en la ciudad, más bien la universidad de la ciudad. Tenía veinte años, era hermosa y perfecta. Sabía poco del idioma, pero sí japonés. Yo sabía bastante de mis raíces, pero no demasiado. Mi madre amaba demasiado Europa y Latinoamérica, de donde eran sus ramas familiares y a veces dejaba a un lado la cultura de mi padre.

Nada más abrir la puerta noté como me abrazaba. Ese perfume que únicamente tienen las mujeres, aunque tan sólo hayan usado gel de baño. El calor que pueden desprender sus manos cuando acarician nuestros rostros, esa sonrisa maternal que expresan a cualquiera que llora y sobretodo su fortaleza. Era una chica especial. Fuerte y delicada como un junco. La perfecta chica nipona, perfecta y sin restricciones de ningún tipo.

No sé si sabrán que en el país de mi padre, por respeto a la mujer, no se puede besar ni abrazar. Sin embargo, ella se occidentalizó y no dudaba en calmar mi furia a base de tiernos abrazos. Me recordaba a mi madre por su calma, su forma de emprender nuevos retos y su frialdad en momentos de demasiada tensión. Pero, ella tenía esa chispa en la mirada que la hacía ser una mujer de fuego.

-¿Qué sucede?-preguntó mientras me pegaba más contra su cuerpo, sin importar que la cubriera casi por completo y que nos viera alguien.-Pasa.-comentó tomándome del rostro.-Y deja de llorar, no te pega estar triste Hizaki.-susurró besándome en la mejilla, para luego cerrar la puerta tras mi espalda.

Se separó de mí. Su diminuto cuerpo de no más de metro sesenta se despegó, se apartó de mi camino y del recorrido de mi mirada ansiosa de pasiones prohibidas. Siempre la deseé y el despecho me corroía las venas.

-¿Has discutido con tus padres?-interrogó quitándose la pinza que recogía sus cabellos, su larga melena hasta la cintura cayó ocultando sus suaves, y sutiles, caderas. Se giró hacía mí con una sonrisa que parecía que no borraría hasta que yo me calmara, esos labios sedosos que más de una vez sellaron secretos inconfesables.

-No, no es eso.-dije ensimismado mientras tiraba de mí, lo hizo de forma enérgica y rió al ver que era fácil de hacerme tambalear. Estaba absorto, absorto preguntándome si ella podría ser mía y así olvidar a Lexter. Era pronto, muy pronto. Como dicen los ancianos, la cama del muerto aún estaba caliente…

-Siéntate, hice té de sakura.-comentó indicándome que me sentara en los cojines mientras regresaba de la minúscula cocina.

Su pequeño estudio era un pequeño museo. Ella pintaba, estudiaba bellas artes en la ciudad. Había venido a mejorar el idioma y también a sentir bajo sus pies una nueva ciudad. Siempre que hablaba de Japón se entristecía, por lo tanto sabía poco de ella y de su ciudad natal.

-Has realizado nuevos cuadros.-dije alzando un poco el tono de voz, para que me escuchara.

-Sí, fui a la catedral y no pude evitar tomar fotografías. Con ellas hice bocetos en carboncillo, después simplemente tocó darles vida y añadir plumas de ángeles.-amaba la literatura religiosa, aunque no fuera cristiana. El símbolo de lo que significaba un ángel para ella era motivador.

-Te han quedado bien, demasiado bien. Debes regalarme uno y firmarlo, seguro que pronto valdrán millones y yo seré aún más rico que ahora.-

Inmediatamente echamos a reír. No podíamos evitarlo. Ella era mi pequeña arco iris nipón, así la llamaba arco iris. El primer día que nos vimos llevaba una camiseta con todos los colores posibles, tan sicodélica que me mareaba. Comencé a burlarme de ella, aunque no lo hacía con mala intención. Ella notó que era un infantil, por ello dijo que siempre sería su Peter Pan. Hicimos un trato bastante estúpido, pero necesario, jamás enojarnos y buscar el lado positivo a todo.

-Dime ¿por qué llorabas? Olvidas lo que me dijiste hace tiempo ¿verdad? Me prometiste que no llorarías o al menos que no lo harías frente a mí.-se sentó frente a mí y me sirvió el té observándome a los ojos de forma profunda.

-Me han engañado.-ella sabía de mi bisexualidad, la única persona que lo conocía. También era la única a la que le confesé todo sobre Lexter.

-Dime que no es ese estúpido con pinta de gigoló ambulante.-alzó una ceja y su brazo izquierdo, en forma de puño, para golpearme en la cabeza de forma leve.-Baka.-susurró y luego me tomó del rostro, otra vez ese dulce aroma femenino.

-Lo es, me engaña con mi propia madre.-sus ojos se abrieron, la chispa de la furia apareció en ellos.

-Te diré qué debes hacer y es no mostrarte débil frente a él. Además, te diré que no lo amas. No sientes nada por él. Tan sólo caíste y pensaste que lo amabas por lo que te decía. Ya llegará la persona indicada, cuando lo haga no podrás ni respirar ante su presencia y tu forma protectora será aún más notoria. Alguien que te haga llorar por su amor, por tenerlo y no por perderlo. Cuando lo pierdas notarás vacío en su pecho, pero una enorme satisfacción abarcará ese lugar.-me hacía reflexionar todo lo que decía y quedaba fundido en sus labios, en el eco de su voz en ellos.

-¿Por qué satisfacción?-pregunté no muy seguro, seguramente aún mezclaba el léxico.

-La tendrás porque habrás sido rotundamente feliz cada día, notarás que esos días no fueron vacíos, que tienes recuerdos que siempre te harán sonreír y jamás los olvidarás. Nunca olvidas a nadie, no del todo, y mucho menos el verdadero amor. Puede haber varios, pero todos importantes.-me tomó de las manos apretándolas de forma leve mientras sonreía de forma más franca, para luego tomar un poco de té.

El silencio se hizo presente. Intenté recordar algún día pleno con Lexter y no lo hubo. No sentía vacío, más bien liberación. Quería golpearlo, no recordarlo. Ella tenía razón. Si realmente lo amara habría algo bueno y parte de mí pediría porque cambiara, porque todo volviera hacía atrás.

-Arigato.-susurré dando un trago al té, probándolo y noté que estaba delicioso. Era la primera vez que tomaba de esa especie, aunque conocía varios tipos. Ella trabajaba en la tetería y allí la conocí. Ese lugar era mi favorito, también el de mi padre.

-¿Por el té o por el consejo?-dijo entre risas leves.

-Por ambas cosas.-sonreí al fin, volvían a mí los recuerdos agradables y no la imagen repetitiva del cerdo aquel.

-Bien, entonces perfecto.-me revolvió los cabellos y después comenzó a pellizcar mis carrillos.

-¡Para!-odiaba que hiciera eso, lo sabía bastante bien.

Sin embargo, no paró. Dio la vuelta a la mesa y se lanzó sobre mí tirando más de mi cara. Me sentía muñeco de goma, de esos que estiras y se deforman para volver a su tamaño original.

-¡Para! ¡Anne!-gritaba intentando alejarla de mí sin lastimarla.-¡Anne!

Entonces, sentí sus labios sobre los míos y sus manos dejaron de estar en mis mejillas, para comenzar a sentirlas por encima de mi pelo. No supe como reaccionar, pero ella me atraía así que terminé tomándola por la cintura. Una de mis manos fue lentamente hasta sus costillas y tomé su seno derecho entre mis manos. Noté que no llevaba sujetador, simplemente esa camiseta ajustada. El beso se intensificó y moví las caderas colocándola sobre ella.

-Hizaki.-dijo algo excitada, lo notaba por su tono de voz.

-Anne.-susurré incorporándome mientras notaba sus dedos acariciar los botones de mi camisa.

-Quiero hacerlo ¿y tú?-pregunté porque siempre era caballeroso con las chicas.

-Sí, lo quiero.-nada más decir eso le quité la camiseta y me quedé clavado en el movimiento de sus pechos.

-¿Te gustan?-su forma de decirlo fue tan provocativa que no dudé en incorporarme y lamerlos. Sus manos se fijaron en mi cabeza y movía sus caderas jadeando.-Hizaki.-susurró echando la cabeza hacia atrás en el mismo instante que le agarraba bien de las nalgas, la frotaba sobre mi bragueta y ella parecía gustosa a darme todo.

-Vamos a tu cuarto.-dije clavando mis ojos en ella, en ella al completo.

Aún estaba vestido y ella tenía el pantalón de chandal ancho que usaba en casa. El aroma a óleo camuflaba el de nuestras feromonas, de eso seguro. Se levantó y me miró con ojos de tigresa, caminó contoneándose hasta la habitación del fondo, donde estaba el dormitorio. Yo fui como hipnotizado, o más bien idiotizado, tras esas caderas que me rogaban que las agarrara.

Cuando entré tras ella en la habitación se había quitado el pantalón y recostado en la cama. Yo me quité frente a ella la camisa, los pantalones, calcetines y zapatos. Me tumbé a su lado besándola, ella acariciaba mi rostro, dejaba que sus finos dedos guardaran en su memoria mis rasgos.

Sé que no es de caballeros contar todo esto, pero fue la primera vez que lo hice con cierto cariño con una mujer. Es importante. No es un simple premio, una corona meritoria. Además, este encuentro tuvo grandes consecuencias en mí, fue toda una revolución de la que nunca me arrepentiré aunque me llene de cadenas y corte mi libertad.

Sus labios entreabiertos, sus ojos cerrados y su piel perlada en sudor era un espectáculo superior a cualquier otro. Ella amaba a los ángeles, quizás porque era uno de ellos. La deseaba, me deseaba y nos entregábamos. El cariño de nuestra amistad, de más de dos años, se fundía lentamente entre el movimiento de nuestras caderas. Sus gemidos y los míos, los ruegos por terminar, mis leves mordidas en su cuello y sus sutiles arañazos en mi pecho. Nos unimos. No era sexo, tampoco amor, tan sólo era deseo. El deseo puede ser parte del cariño, de la atracción y de algo más que no sabría clasificar.

-¡Hizaki!-gritó bien alto mi nombre antes de que yo terminara en lo profundo de su ser.

-Anne.-susurré algo agotado, acariciaba sus caderas y sus costados.

Al apartarse se recostó en la cama. Dejó de estar sobre mí, aunque esa fue la postura final que tomamos. Habíamos probado unas cuantas, prácticamente todas las que conocía. La abracé y dormimos hasta bien entrada la noche, después únicamente me duché y pedimos unas pizzas. Hicimos como si nada hubiera pasado, aunque yo no me atrevía a decirle que al separarme el condón estaba algo rasgado. Por dentro me decía que era imposible que eso sucediera en una única ocasión, además estaba seguro que si lo decía ella me dejaría de hablar y yo tenía esperanzas de que comenzáramos a salir.