6/4/10

Alas de papel I


Alas de papel

No podía más. No tenía nada que hacer. Él ya no estaba en la ciudad. Tenía que ensayar y hacerlo con toda mi alma. Sin embargo a encender la televisión tuve una fuerte bofetada en el rostro. El mando a distancia se escurrió de mis manos y mis ojos se quedaron fijos en el plasma. No podía articular palabra, las lágrimas salieron solas y me pregunté cuando ese hombre se hizo tan importante para mí.

De inmediato llamé a mi profesora de baile, y también amiga, ella sollozaba y yo intentaba averiguar algo más. No había nada más. Ese nada más era la incertidumbre, si bien el mundo se volvió más oscuro y la inocencia más amarga. Pronto se alzaron voces clamando al gran ídolo de masas y quienes lo insultaban guardaban silencio. Se había muerto la gallina de los huevos de oro, el chico de los pies mágicos, el muchacho que enamoraba con una tímida sonrisa y el criminal de muchos envidiosos.

Muere Michael Jackson. Era Junio. En pocos días daba un concierto y yo también. Era una coincidencia que me hizo sonreír cuando la supe, si bien en ese instante se hizo un crespón negro... un nudo intenso en mi garganta.

Para muchos era sólo un héroe de la música, no lo sentían como lo podemos sentir quienes nos dedicamos al mundo del espectáculo. Aquellos que le señalaban como buenos verdugos... vieron que era inocente. Quienes lo acusaban cambiaban su versión ante los flash de las cámaras. Se arrepentían. Todos pedían perdón. Todos lloraban la muerte del gran Rey del Pop.

Toda la mañana estuvieron emitiendo noticias de última hora, debates sobre su vida y los documentales sobre su música, o la gran huella que había dejado, se reflejaba en los televisores de miles de millones de personas en todo el mundo. La sonrisa de Jackson se borraba, las lágrimas de sus fans aparecían. El mundo entero se volvió oscuro y el firmamento aceptó una nueva estrella entre ellos.

En parte él tenía la culpa de mi pasión por el baile. Desde niño quería imitar esos pasos imposibles, ser tan bueno como él era mi sueño y creo que el de cientos de miles de bailarines. Quería brillar, deslumbrar, como él. Yo era uno más, alguien que quería rozar la excelencia.

Fui a la ducha aún con incredulidad. Un ídolo caía, pero yo tenía que seguir mi sueño. Seguiría ese sueño que emprendí gracias a él. Me afeité y corrí hacia el lugar del ensayo. Ese día lo hice a pie, no quedaba muy lejos de donde vivía. Corría como alma ante el mismísimo diablo. Lo hacía con la radio del mp4 activada. Hablaban de Billie Jean, una de las canciones que rompió barreras racistas en las radios de Estados Unidos. Porque fue la primera canción de cantante negro en la única emisora que quedaba por conquistar. Él rompió vallas racistas y aún así le colgaban la etiqueta de serlo con su mismas raíces, uno más de los bulos ilógicos y estúpidos como el propio ser humano.

Nada más llegar al estudio vi a todos mis bailarines pegados a una pequeña pantalla de televisor, de esos que se llevan portátiles. Todos veían las últimas noticias en la MTV. Yo entré quitándome la camiseta y puse orden. Se quedaron atónitos ante mi aspecto agitado y mis ojos llenos de una sensación extraña.

-Ha muerto un ídolo y ahora es leyenda.-comenté tras una fuerte palmada.-Quiero hacer algo en el concierto, algo que le recuerde, pero a la vez no quiero que sea como todos los que le harán.-les miré fijamente a los ojos, uno a unos.-A parte de ensayar lo de siempre hay que crear una nueva coreografía.-ellos asintieron y aplaudieron la idea.-¿Y Victoria?

-En el servicio.-dijo una de las chicas.-Sabes que lo adoraba.

-Está bien, ve a por ella y dile que tiene que ayudarnos. Contraté su profesionalidad y su pasión... la contraté porque ella ama el baile y lo ama con todas sus fuerzas. Recuérdale porqué es profesora y bailarina, recuérdale porqué está hoy aquí.-ella asintió para ir a los baños a buscarla.

-¿Cual haremos?-interrogó.-¿O dejarás que elija ella?

-The way you make me feel.-respondí tras unos segundos meditándolo bien.

-Esa sonará bien.-dijo ella con una sonrisa apareciendo de la nada. Sus ojos estaban rojos de llorar, pero parecía entera.

Estuvimos ensayando más de tres horas esa misma canción. La coreografía era exacta al video. Además tuvimos que pedir permiso de derechos de autor y otros permisos necesarios para el evento. Tras el descanso y el papeleo volvimos a la rutina. Estuvimos bailando los seis temas que tendría que interpretar con el cuerpo de baile. Fueron seis horas intensas. Al ir al móvil tenía un mensaje de él pero contesté de forma formal, algo que no solía hacer. Estaba algo bajo de ánimos y con pocas ganas de hablar.

Al llegar a casa seguí con mi relato. Si bien, alguien me sacó de mi inspiración llamando a mi puerta. Se me hizo curioso que fuera Paulo, el mismísimo Paulo Wilde. Aquel que quería matar y a la vez intentaba pedir consejo. Apareció con unos jeas deslavados y rotos, una camisa fuera del pantalón y una americana negra. No nos llevábamos más de diez años, realmente en aquellos tiempos no sabía su edad, pero su corte intelectual no estaba salvo por sus gafas.

-Me pediste ayuda.-comentó levantando una bolsa de comida japonesa.-Llamé a tu padre y le pregunté cuándo estarías en casa.-le hice un gesto para que pasara y cerró la puerta tras él.-Quieres ayuda para explicarle al mundo tus sentimientos y que no sepan que son tuyos.

-No es eso.-repliqué.

-Quieres algo imposible Hizaki Sakurai.-dijo dejando la bolsa en la barra americana que dividía el salón con la cocina.-Hizaki.-colocó sus manos sobre mis hombros y suspiró.-Déjame ayudarte, tienes mucho talento y quiero que lo explotes. No sólo vales para canciones estúpidas, sé que hay algo más en ti.-sus ojos claros se clavaron en los míos y sonrió.-Deja que esa furia que leí en tu mirada el otro día se muestre, que el orgullo se haga renglón y que los sentimientos de desesperación ahoguen a tu lector.

-¿Y si no sé sacarlo?-interrogué.

-Oh, el miedo del primerizo.-dijo alejándose de mí para acomodar las gafas y reír bajo.-Es como el sexo Hizaki.-esa sonrisa que tenía de diablo me desconcertó.-Primero tiemblas con el primer avance. Crees que el corazón va a salir por tu boca y tus labios arden. Tus manos no saben donde deben ir pero al final llegan donde tienen que estar.-se pegó a mí tomándome de las manos y las miró.-Manos fuertes, manos inteligentes, que terminan siendo patosas y débiles. Pero luego de los primeros minutos, de llegar al momento de entrar, no se duda y se hace. Terminas gozando como un maldito demonio, gimiendo al son de tu pareja, y ah... el orgasmo.-me revolvió entonces el cabello.-No seas crío y rompe tu miedo, sino te quedarás virgen literariamente para siempre.

-Sí.-fue lo único que pude decir y él rió girándose para mirarme con su pose de nerd encantador.

-¿Comemos antes?-sonrió como si tuviera doble personalidad, ese hombre no podía ser el otro que casi me engulle contándome todo aquello.

-¿Qué eres?-pregunté intentando volver a ser racional.

-Depende de cómo me mires.-respondió.-Hay muchas cosas que no sabes de mí, muchas que no sabrás aunque me conozcas durante diez años.

-Supongo que es parte del encanto por el cual tantas mujeres se mueren por ti. Además no sólo mujeres. Sé que tus obras son reflejo de lo que eres, de quién eres en parte. Tu bisexualidad hace que parezcas más sensible tal vez, además de enigmático e imposible. Al tener tanto donde elegir...

-No es por eso.-intervino cortándome lo que estaba diciendo, lo que pensaba.-Verás hay cosas que una persona jamás cuenta, sucesos que no se conocen hasta el día de su muerte y en ocasiones ni de ese modo se consigue.

-Paulo.-dije mirándole fijamente a los ojos mientras él acomodaba sus lentes, un tic habitual que después de aquel día pasó por inadvertido para mí. Es algo continuo, piensa que sus lentes se descuelgan o por simple nerviosismo.

-¿Sí?-preguntó con una sonrisa afable.

-¿Por qué me ayudas?-interrogué.-Dime que no es por mi padre.

-No es por tu padre.-respondió frunciendo el ceño.-Me molesta que pienses así.

-¿Entonces?-dije sin comprender aún.

-Por mero placer, por amor a la literatura y porque me muero de ganas qué es lo que quieres ocultar.-se giró hacia la barra americana y comenzó a sacar la comida.

-Eres peor que tus lectoras.-repliqué.

-La curiosidad mató al gato, pero yo soy la curiosidad en persona Hizaki.

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